La Pregunta


    Una vez adentro noté que no había piso de material, sólo tierra y unos agujeros de mas o menos treinta centímetros a la altura del zócalo en una de las paredes. Seguía lloviendo, el agua se filtraba por una grieta en el techo y hacía barro donde pisábamos, barro que se mezclaba con sangre, debajo de los dos cadáveres enemigos que yacían en el rincón. El cabo primero dio aviso por radio de que habíamos ocupado una posición enemiga, eso fue lo último que escuche antes de dormirme.

    Desperté poco después con los disparos de mis compañeros, aparentemente se acercaban hombres a retomar lo que habían perdido, “tal vez interceptaron la transmisión” pensé. Mientras cuatro disparaban, otros dos cavábamos trincheras en el suelo.

    Pudimos mantenerlos a raya los primeros tres días, pero al cuarto se empezaron a acabar las municiones y además empezábamos a sufrir hambre. Nos habían dado sólo dos latas de víveres medianas para los seis. La desesperación fue tal que llegamos hasta tragar barro para saciarnos.

    Tampoco podíamos, ni debíamos dormir, en esas circunstancias, el dormirse era una de las diferencias entre la vida y la muerte. Yo miraba por la puerta el cuerpo de aquel que yo había degollado y pensaba que seguramente cuando lo maté, el estaría pensando en sus amigos, en su novia, en sus familiares y en el día en que volvería a verlos. Pero gracias a mi, el será otro más que no regresará. En ese momento se oyó una ráfaga de disparos de una ametralladora, no muy lejos. Las balas, de gran calibre, atravesaron las paredes como si fueran de yeso. Mataron a tres y dejaron herido a uno. El cabo primero lo arrastro como pudo hasta la trinchera. Tendido en el barro, no hablaba, pero me pedía que lo ayudara con la mirada. No pudimos hacer nada, murió al anochecer.

    Los de la ametralladora disparaban cada tanto esperando que nadie sobreviviese. El cabo primero pidió auxilio toda la noche por radio, hasta que esta dejó de funcionar. Las baterías estaban todas sulfatadas. Ya amanecía. Nos quedamos sin balas, nos miramos y él  me dijo “viejo, se acabó”. Se puso de pie con las manos en la nuca, dispuesto a rendirse, yo seguía en la fosa. Escuche un disparo y su casco cayó junto a mi perforado y manchado en sangre. No quise levantarme para ver; “un francotirador” supuse.

    Hacía frío, estaba mojado, ya no sentía las piernas y la tachuela mal clavada en mi bota ya me había cortado media planta del pie. De repente me acorde de los cadáveres enemigos que teníamos en el rincón. Me vestí con el uniforme de uno de ellos, era la única salida. Con el cuchillo, me abrí un tajo en un costado de la cabeza, junto al oído, para  luego poder simular una sordera, ya que yo no hablaba su idioma. Me arrojé al suelo a esperar que ellos entraran y, por el cansancio, me quedé dormido.

    Cuando desperté me llevaban entre cuatro, uno al ver que estaba consiente me dijo algo con gesto de alegría, no lo entendí, desde luego. Fingí hacer esfuerzos para hablar, para convencerlos de que no podía hacerlo. Me llevaron a una especie de búnker donde me curaron y me dieron de comer. Se sentía extraño recibir semejantes atenciones de personas que horas antes intentaban matarme.

    La noche siguiente me encontraba despierto y, mientras todos dormían empezaron a luchar en mi dos pensamientos: Uno era el hecho de que eran enemigos y que podía acabarlos sin que se pudiesen defender. Por otro lado ellos eran los que me habían salvado y alimentado. En ese momento un hombre que bajaba a dormir, luego de hacer guardia, se dirigió a despertar a su relevo. Tomé una bayoneta que encontré apoyada contra la pared y se la hundí varias veces en la espalda, a la altura de los pulmones. No murió al instante, quedó tirado diciéndome algo en voz baja. No entendía su idioma, pero sabía lo que decía, que mas se le puede decir a un traidor: “¿Por qué?”.

    Le saqué el seguro a un par de granadas y las dejé caer dentro al salir. Caminé cincuenta metros antes de oír la explosión y pensé “¿Por qué?”. Tranquilamente hubiera podido escapar de ahí sin la necesidad de matarlos. Luego recordé las palabras que me dijo el sargento en el lanchón de desembarco: “Eso es lo que hacemos, matamos y a nadie le importa, así que tampoco te tiene que importar a vos”

    Estaba a punto de poner en juicio este pensamiento cuando escuché un disparo, era de un soldado de mi bando. Me toqué el abdomen y me miré la mano. Tenía sangre, me habían disparado, y había sido uno de los míos. Primero me pregunté “¿Por qué?” y me di cuenta que aún llevaba puesto el uniforme enemigo. No había sentido el impacto, sólo el ruido.

Mientras mi cuerpo se ponía frío y mi vista se nublaba las palabras de aquel sargento resonaban en mi cabeza. Era triste, muy triste, pero era verdad, por qué ya ni siquiera a mí me importaba. Yo era solamente uno mas.

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