Gregorio había enfermado en junio, o acaso antes; en las casas donde se vela una agonía el tiempo deja de obedecer al almanaque y se mide por cucharadas de caldo, por visitas del médico, por la persistencia de una tos. En el PH de la todavía empedrada calle Aranguren —con un patio estrecho donde la humedad dibujaba mapas indecisos sobre las paredes— Gregorio yacía en una cama de hierro, cada vez más ajeno a los objetos familiares que lo habían acompañado durante años: la cómoda de nogal, el crucifijo oscuro, el vaso de agua con una película de polvo sobre la superficie. Nadie decía que se moría; bastaba con hablar más bajo.
Una tarde de invierno Celina, su hija, salió. No la impulsó un mandado preciso sino la necesidad, casi física, de sustraerse un momento al cuarto donde el aliento del padre parecía trabarse en una maquinaria imperfecta. Cruzó el zaguán, el patio, la puerta cancel; anduvo unas cuadras sin advertirlas y se encontró, como si la hubiera llevado una distracción más antigua que ella misma, en el paso peatonal del ferrocarril.
La formación del sarmiento estaba pronta a salir de la estación Floresta. Celina no estaba apurada, todo lo contrario, pensaba arpovechar cada minuto y cada motivo que la mantuviese fuera de aquel teatro macabro. Acodada en la barandilla del despintado pasamanos en zigzag se dispuso a esperar para ver pasar ese tren.
Una voz la increpó desde el costado,
— Siempre me gustaron los trenes, son como la vida, uno puede subirse y llegar lejos, solo verlos pasar o incluso ser arrollados por ellos
Celina asintió sin mirar y sin ganas. Pensó que se trataba de algún fallido intento de galanteo, giró levemente la cabeza y miró sobre su hombro con algo de desprecio para cheqeuar quién era el pretendiente.
Llevaba galera, pero no una de esas imitaciones festivas que todavía se veían en ciertos negocios de cotillón, sino una galera auténtica o, si se prefiere, una galera tan persuasiva que anulaba toda sospecha de disfraz. El resto de su indumentaria no era menos anacrónico: sobretodo negro, guantes grises, bastón de madera oscura con empuñadura de plata. No parecía ridículo. Esa fue, quizá, la primera señal de alarma. En un barrio como Floresta, donde toda extravagancia se degradaba enseguida en caricatura, aquel hombre conservaba una dignidad que volvía más intolerable su presencia.
— Si me permite, la noto perturbada. ¿Puedo serle de ayuda?
La hija de Gregorio pensó en alejarse, pero no lo hizo. Había en el desconocido una cortesía previa, como si la esperara desde mucho antes de verla.
—Usted viene de la casa de Gregorio —dijo
No era una pregunta. Tampoco una afirmación dicha al azar. La joven sintió, no sin vergüenza, que la frase la despojaba de toda intimidad, el nombre del padre fué como una invocación de todo lo demás: el cuarto, la cama de hierro, la inminencia del fin, todo había sido advertido por ese hombre con una claridad contra la cual ninguna negativa habría servido.
—Sí —respondió.
El hombre asintió, como quien verifica una conjetura menor. Del bolsillo interior del sobretodo extrajo una cinta negra, angosta, mate, de una negrura singular: no reflejaba la luz de la tarde sino que parecía absorberla. No era nueva ni vieja; más bien pertenecía a ese orden de objetos que no envejecen porque han sido separados del tiempo ordinario.
—Cuando empiece a irse —dijo—, átela a su cuerpo. Mientras la cinta lo toque, su vida se prolongará un año.
Celina extendió la mano.
—¿Un año?
—Un año de alivio —corrigió el hombre—. Después volverá a agonizar.
El tono era sereno, casi administrativo. Ella pensó —y ese pensamiento le pareció después pueril— que habría preferido una voz más teatral, más acorde con la galera y el bastón. Pero el hombre hablaba con la sobriedad de quien comunica una cláusula ya establecida.
—¿Quién es usted?¿Y por qué me hace este regalo?
La pregunta no obtuvo respuesta. El desconocido le ofreció la cinta con una paciencia exenta de benevolencia y Celina la tomó.
—No es un regalo —dijo—. Es una prórroga.
En ese momento sonó la campana del paso a nivel. Las barreras descendieron con su lentitud acostumbrada. El tren irrumpió la casi nula conversación entre ambos, arrastrando un viento de polvo y papeles, y probando el típico bullicio ensordecedor de balastro desgastado y drumientes mal asentados. La hija de Gregorio retrocedió un paso. Cuando el último vagón hubo pasado, el hombre ya no estaba. No había doblado la esquina; simplemente no estaba. Sobre las vías temblaba todavía el aire.
Volvió a Aranguren sin decidir si llevaba consigo un auxilio o una superstición. La casa la recibió con ese silencio especial de las casas donde alguien sufre: un silencio no exento de ruidos, sino hecho de ruidos subordinados. En el cuarto, Gregorio respiraba con dificultad. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta; cada inhalación parecía exigirle una deliberación. La hija no contó a nadie el encuentro. Sacó la cinta del bolsillo, y entre los tres —ella, la madre y un cuñado convocado por la urgencia— se la ataron a Gregorio alrededor de la cintura, sobre el camisón.
Nada ocurrió de inmediato. Acaso por eso el prodigio fue más intolerable.
A la mañana siguiente, Gregorio pidió agua. Al otro día, caldo. Una semana más tarde quiso afeitarse. Antes de un mes se aventuró hasta el patio, donde el sol de invierno caía oblicuo sobre las baldosas. La mejoría no fue brusca sino minuciosa, como si una mano paciente hubiera rehecho una trama que se deshilachaba. Pronto volvió a la mesa, al comentario trivial, a la queja doméstica, a la costumbre de asomarse a la puerta para ver pasar a los vecinos. No estaba curado; estaba, de un modo más desconcertante, restituido.
La familia eligió no hablar demasiado de la cinta. No porque descreyera, sino porque la evidencia de su eficacia volvía impronunciable cualquier explicación. El médico, consultado con cautela, atribuyó la recuperación a una remisión inesperada. La palabra remisión tranquilizó a todos durante unos meses pero luego se reveló tan insuficiente como las demás.
El año se cumplió con exactitud.
Gregorio recayó una tarde, sin previo aviso, mientras untaba pan con manteca. El cuchillo se le cayó de la mano. La expresión de su rostro —más de reconocimiento que de dolor— fue lo primero que aterró a la hija: no parecía sorprendido, sino alcanzado. Lo llevaron a la cama. La vieja maquinaria del sufrimiento recomenzó, aunque con una ferocidad que la primera agonía no había conocido. Era como si la interrupción hubiera enconado aquello que difería.
Buscaron la cinta en el cajón de la cómoda.
Era la misma y no lo era. Medía exactamente la mitad. No estaba cortada; no presentaba nudo, rotura ni desgaste. Simplemente, su longitud se había reducido según una ley ajena a la materia. Ya no alcanzó para rodear la cintura de Gregorio; hubo que anudarla a la muñeca. El efecto fue otra vez indiscutible. La fiebre cedió, el dolor se retrajo, el enfermo volvió a incorporarse.
Esta vez la prórroga duró seis meses.
La tercera, tres, la cuarta, mes y medio, la quinta, veintidós días y medio. La hija de Gregorio, que en otro tiempo había sido maestra, empezó a registrar en un cuaderno escolar la duración de cada intervalo. Al principio lo hizo por orden; después, por temor. Las cifras componían una serie cuya elegancia la horrorizó: 1 año, 1/2, 1/4, 1/8. Comprendió, con esa mezcla de lucidez y repulsión que acompaña a ciertas revelaciones matemáticas, que la suma de las prórrogas no excedería jamás los dos años. Podían continuar indefinidamente; no alcanzarían nunca esa cifra y, sin embargo, se aproximarían a ella con una fidelidad monstruosa.
No le dijo a nadie lo que había entendido. ¿Cómo explicarlo? ¿Que la muerte de Gregorio obedecía ahora a una paradoja eleática? ¿Que una ley semejante a la de Aquiles y la tortuga se había infiltrado en el patio, en la cama de hierro, en las cucharitas del desayuno? Hubiera sido ridículo, si no fuese atroz.
La cinta siguió acortándose.
Ya no bastó la muñeca; hubo que atarla a un dedo. Luego, cuando ni eso fue posible, alcanzó con depositarla sobre el pecho. Más tarde, sobre los labios. En cada ocasión Gregorio regresaba de la orilla por un lapso menor: once días, cinco, dos, dieciséis horas, ocho, cuatro. La familia dejó de organizarse por semanas y empezó a hacerlo por inminencias. Dormían vestidos. Comían de pie. Cualquier gesto podía coincidir con una recaída o con una restitución.
Lo más penoso no era el dolor de Gregorio, aunque fue mucho, sino la forma que asumía su gratitud. Cada vez que la cinta lo devolvía al mundo, aun por minutos, miraba a los suyos con una ternura avergonzada, como quien acepta un favor que no debió pedir. Nunca preguntó por el origen del objeto. Tal vez lo sabía. Tal vez, en los intervalos del sufrimiento, había entrevisto al hombre de galera o a su especie. A veces, antes de una nueva caída, alcanzaba a murmurar: “Otra vez no”. La familia fingía no oírlo.
Llegó un momento en que la cinta dejó de ser visible.
No es una licencia retórica. La hija abría la cajita donde la guardaban y no veía nada. Sin embargo, al pasar el índice y el pulgar sentía una resistencia mínima, una casi-imperceptible aspereza, como si rozara el borde de una telaraña o el nervio de una hoja seca. Tomaba entonces aquello que no se veía y lo apoyaba sobre el esternón del padre. El efecto persistía.
Un minuto de sosiego.
Treinta segundos.
Quince.
Gregorio abría los ojos, respiraba sin dolor, reconocía el cuarto, la cómoda, la cara exhausta de la hija. A veces sonreía. A veces no alcanzaba. Después recomenzaba el trabajo de la agonía, ya no como un episodio sino como una sustancia.
Celina pensó, en esas noches donde el cansancio excede al insomnio, que el verdadero poder de la cinta no era prolongar la vida sino fraccionar la muerte. Dividirla en partes cada vez menores, sin abolirla nunca. Había en ello una forma de crueldad más refinada que el simple fin; una crueldad geométrica. Recordó entonces la precisión con que el hombre de galera había elegido su palabra.
Prórroga.
No salvación, no remedio, no milagro.
Prórroga.
Tal vez toda familia, se dijo, practica alguna vez una superstición parecida: llama esperanza a la incapacidad de consentir el término. Pero la cinta convertía esa incapacidad en sistema, en serie, en doctrina del aplazamiento. Gregorio ya no vivía ni moría; convergía.
En la última etapa —si cabe hablar de última allí donde el final se descompone infinitamente— los intervalos de bienestar eran tan breves que solo la hija los advertía. Veía cómo una sombra de descanso atravesaba el rostro del padre y se extinguía antes de que la madre pudiera inclinarse sobre la cama. A veces creyó que el alivio y el dolor coexistían, alternándose con una rapidez superior a la percepción. Pensó, no sin horror, que acaso Gregorio estaba ya distribuido entre ambos estados como una figura vacilante entre dos espejos.
Nunca volvieron a ver al hombre de galera.
Sin embargo, en ciertas tardes de invierno, cuando el tren demoraba en pasar y el barrio quedaba suspendido en una expectación metálica, Celina creía reconocer, al otro lado de las vías, una silueta inmóvil, demasiado erguida para ser un vecino. No iba a comprobarlo, le bastaba saber que el pacto no requería testigos.
Mucho tiempo después —o quizá apenas dos años, que en esa casa fueron más vastos— la hija dejó de aplicar la cinta. No por valentía, ni por sabiduría, sino por una fatiga que ya no distinguía entre piedad y abandono. Gregorio murió entonces de una vez, si es que morir de una vez le fue todavía concedido. La cajita quedó vacía sobre la cómoda. Vacía: esa palabra también era inexacta. A veces, al limpiarla, se podía sentir bajo el trapo una leve resistencia, una nada rugosa, una insistencia.
Nunca se atrevió a tirarla.
Porque sospechaba —y esa sospecha fue su verdadera herencia— que ciertas cosas no desaparecen cuando se vuelven invisibles; simplemente aguardan que alguien, por amor o por terror, vuelva a tocarlas.
SI TE GUSTÓ LO QUE LEISTE COMPARTILO CON TUS AMISTADES Y CONOCIDOS, ¡ES DE MUCHA AYUDA PARA MI! TAMBIÉN PODES COLABORAR EN LOS LIKNS AQUI ABAJO PARA AYUDAR A MANTENER MI PÁGINA Y MI PRODUCCIÓN LITERARIA! 🙂 ¡GRACIAS POR LEER!
(ARGENTINA):
ALIAS (SANTANDER – PESOS):
AMIGO.PERRO.URPI
fernandoavanzini@gmail.com
CAFECITO:
https://cafecito.app/fernandoavanzini
(OTROS PAÍSES)
METAMASK
(Red Polygon Mainnet):
0x00C2048a16cA63084fEcb630498698aE9F1A8932
PAYPAL: @feravanzini

Hermoso cuento, cortito pero lleno de misterio, de descripciones minuciosas que casi se pueden ver los objetos y espacios. Una conclusión sabia y para reflexionar.
Me encantó!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias Sue!!!! Abrazo Grandeee
Me gustaMe gusta