(Por Fernando Avanzini)
La zona noroeste del imperio era desértica, durante el día el sol quemaba todo cuanto sus rayos alcanzaban y en las noches descendía la temperatura haciendo tiritar las piedras. La vida parecía casi imposible, sin embargo entre condiciones tan adversas contrastaba un hermoso oasis, un lugar rico en belleza, vegetación y animales. Había plantas de todo tamaño, pasto, arbustos, árboles frutales y altas palmeras. La vegetación bordeaba un lago de forma irregular , grandes carpas coloridas nadaban dentro y de vez en cuando algún ave de pico largo se lanzaba en picada para servirse una de ellas. Algunas tribus nómades pasaban por el lugar regularmente, también ciertas caravanas que cubrían un largo camino hacia el oeste.
Cierto día arribó una peregrina, había llegado hasta ahí averiguando los rumores que los mercaderes contaban en las posadas y siguiendo la ruta de una caravana de comerciantes de seda. La peregrina estaba vendada de pies a cabeza, solo se podían ver sus ojos y su boca. Llevaba una capa con capucha que la protegía de los elementos. Tenía una pequeña carreta de la que tiraba un buey que lucía bastante hambriento.
En una de las orillas había un palafito sobre pilares de madera, mitad sobre tierra y mitad sobre el agua. Méi kànyáng se sentaba todas las tardes en un balcón que daba a la parte del lago a pintar. Se decía que su habilidad era tal que puestos el dibujo y lo dibujado uno al lado de otro no se podía distinguir la diferencia pero la realidad excedía con creces esta versión. Todos cuanto transitaban el oasis guardaban respetuosa distancia, se acercaban a las orillas del lago, recargaban sus odres, pescaban algo y a la mañana siguiente seguían su marcha. Méi kànyáng pasaba la mayoría de sus días en soledad, pintando y paseando por el oasis.
La peregrina se acercó hasta el palafito y se asomó a la puerta, saludó en voz alta, pero como nadie contestaba se invitó a sí misma a pasar. Al entrar en la sala, vio a méi kànyáng pintando una garza, finalizaba unos detalles en sus patas. El realismo era sorprendente.
Méi kànyáng . [Mientras pintaba y sin voltearse a ver] – Normalmente cuando nadie contesta eso indica que uno debe quedarse fuera… o ¿vienes de alguna tierra lejana con costumbres diferentes?
Peregrina .- Si, vengo de una tierra lejana y de sus costumbres vengo huyendo. [Se puso de rodillas y mirando hacia el suelo continuó] No tengo donde ir y no tengo donde volver, todo lo que tengo es lo que ves y aquí en el suelo te ruego que me des posada.
Méi kànyáng se conmovió con esas palabras y la imagen de aquella muchacha indefensa.
Méi kànyáng .- Puedes quedarte cuanto quieras
Peregrina .- Gracias, ¡muchas gracias! Sabía que una persona con tan grande capacidad artística tendría que tener un buen corazón, y no me he equivocado. Tu bondad es tan asombrosa como tus pinturas…
Méi kànyáng .- ¿Pinturas? Ah… esto… Si… gracias.
Terminó de dar la última pincelada y en ese momento la garza que dormía entre los trazos del lienzo despertó y, surgiendo con delicada rapidez, saltó fuera parándose al lado de méi kànyáng, se sacudió como quien se despereza luego de una larga siesta, salió volando hacia el lago y se posó en un islote.
La peregrina miró estupefacta lo sucedido.
Peregrina .- ¿¡Esa garza cobró vida!?
Méi kànyáng .- Bueno, si se puede decir así… en realidad no era una garza hasta que terminé de pintarla. Una vez que fue una garza, ¿Qué otra cosa podía hacer más que volar?
Peregrina .- ¡Es asombroso!
Méi kànyáng permitió que la muchacha montara una tienda y viviese allí, durante aquella estadía podía pasearse por el oasis e incluso entrar en el palafito a hacerle compañía y así lo hizo por varias semanas. No tardó en darse cuenta de que toda la vida que allí reinaba había salido de aquellos pinceles, eso la tenía admirada y asombrada, cada tanto como diversión pedía que pintase algún animal en particular y esto a Méi kànyáng lo entretnía mucho, cumplía con todos los pedidos. Cierto día la muchacha le preguntó si podía pintar un caballo con alas
Méi kànyáng .- ¿Un caballo con alas? Pero eso no existe.
Peregrina .- Pero eres tú quien hace que existan, puedes pintar lo que quieras.
Méi kànyáng .- No sé… Las veces que he pintado algo que no existe, no hubo lindas consecuencias.
Peregrina .- ¡Ya sé! Dibuja a mi buey, ¿él existe no?
Méi kànyáng .- Si.
Peregrina .- Dibújalo pero hazlo blanco, con cuernos más largos… ¡Y que pueda volar!
Méi kànyáng . [Riendo] – ¡Vaya imaginación que tienes!
Peregrina .-Mmm Quizás es muy complicado para ti. ¿Acaso he encontrado el límite de tu gran talento? [Dijo con tono coqueto]
Méi kànyáng . – ¡Jamás!, Acepto tu desafío. Vuelve mañana al amanecer, cuando el cielo comienza a teñirse de sol. Y trae a ese flaco buey tuyo.
La mujer así lo hizo y ese amanecer volvió al palafito, muy de cerca el animal la seguía, Méi kànyáng la esperaba en el centro de la sala con una expresión de satisfacción en su cara y un cilindro tapado en sus extremos en sus manos.
Méi kànyáng . – Aquí dentro tengo tu dibujo, como se trata de tu buey, que ya existe, esto no funciona como con las garzas. El dibujo siempre quedará guardado en este cilindro y cuando lo abras y saques el lienzo la apariencia de tu animal se intercambiará por el dibujo. Solo debes abrirlo y desenrollar el dibujo, una vez que el cambio suceda lo vuelves a guardar. Si acaso quieres que vuelva a ser como era antes, las instrucciones son las mismas.
Le entregó el cilindro y ella sin tardar lo abrió, el cambio sucedió en un parpadear, el animal había cambiado, ahora era un bello buey blanco de cuernos prominentes, y cuerpo robusto.
Peregrina .- Es… es… es hermoso ¿Y vuela?
Méi kànyáng . – Claro
Caminaron hacia el pasto y el bello animal totalmente cambiado comenzó a desplazarse por los aires, de sus cascos se desprendían nubes y este caminaba sobre ellas.
Peregrina .- No tengo palabras, tomaste mi desafío y lo lograste. El arte en tí es realmente excepcional, moldeas la realidad como si fuese una más de tus tintas. Me has vencido, ¿cómo debo pagar mi apuesta?
Méi kànyáng . – Con tu amistad y compañía es suficiente. Ahora ve y disfruta de tu animal mágico.
La mujer se entretuvo ese día, jugando con el buey, iba y venía del oasis hacia el horizonte, cuando el buey se elevaba desde el suelo solo se veía una nube, lo que le permitiría atravesar zonas pobladas sin llamar la atención. Esto le hizo pensar en el poder de los pinceles y una ambición se arraigó en ella. La medianoche siguiente entró a hurtadillas en el palafito en busca de los pinceles mágicos, había visto lo que podían hacer y los quería para ella. Solo las brazas de una salamandra que había en un costado iluminaban tímidamente el lugar. Al adentrarse en la sala, una voz la increpó desde la oscuridad del lado opuesto.
Méi kànyáng . – ¿Para qué quieres los pinceles?
Ella quedó congelada, titubeó y luego contestó sin voltear
Peregrina .- Son los mejores pinceles del mundo, su magia es única, con mis propios ojos vi esa garza salir del lienzo y lo que hiciste con el buey, estoy segura de que todos los animales que hay aquí tienen el mismo origen, no hay otra forma de que lleguen al centro de este valle tan árido. Pensé que quizás con esos pinceles pueda dibujarme un cuerpo nuevo.
Méi kànyáng se acercó hasta la salamandra y encendió una vela con una de las brazas
Méi kànyáng [Mientras encendía la vela ]. – ¿Sabes retratar? ¿Al menos una manzana o un jarrón?
La muchacha bajó la cabeza exhalando, volteó e hizo un gesto con la cabeza “NO”
Méi kànyáng .[Continuó] –¿Qué le pasó a tu cuerpo?
La mujer desabotonó su túnica dejándola caer al piso, su cuerpo entero estaba cubierto por vendas. Comenzó a desenrollárselas descubriendo su piel.
Méi kànyáng . – Esas son? …
Peregrina .- Si, escamas de serpiente. Hace mucho tiempo me quemé y…
Méi kànyáng se conmovió, su voz cambió a un tono dulce y la interrumpió
Méi kànyáng . – Lamento mucho lo que te ocurrió, voy a ayudarte, dame tres días y te dibujaré un nuevo cuerpo muy bonito para que no sufras más.
Peregrina .- Eres verdaderamente muy amable.
Méi kànyáng . [Continuó] – Solo una pregunta… ¿Desde cuándo eres hechicera?, ¿desde antes o después de las escamas?
La mujer cambió su semblante, ahora se la podía ver aún más sorprendida y preocupada, sin palabras trató de balbucear una respuesta inventada, pero de inmediato supo que cualquier mentira sería en vano, por lo que se reincorporó, aclaró su garganta y contesto con firmeza:
Hechicera .- Desde antes, las escamas son un precio que tuve que pagar para sobrevivir. Y no es algo que pueda modificar con ninguno de mis poderes. Me asombra tu percepción.
Méi kànyáng . – Sí, puede decirse que los artistas tenemos otro tipo de percepción, pero no es por eso, mas bien es uno de esos casos donde hace falta un condenado para reconocer a otro, verás… Es cierto que esos pinceles son mágicos, pero solo cuando soy yo quien los usa, no te serviría de nada llevártelos, la magia no está en ellos , se encuentra en mí y en ellos al mismo tiempo, cuando dibujo, pero, como todo tiene un precio, [Le mostró un collar que llevaba en el cuello] este collar no me permite salir del oasis y no me lo puedo quitar. Desde el momento en que te asomaste a mi puerta supe que eras una hechicera, pero me intrigaban tus inecuaciones, no venías para matarme porque no estaría hablando ahora, así que esperé. Pero debo confesar que tu compañía me resulta de gran agrado, y pienso que tus ojos y tu voz opacan a tus escamas, pero entiendo que quieras deshacerte de ellas, por eso y como dije antes, te ayudaré.
La joven, con lágrimas en los ojos, agradeció y se marchó caminando hacia atrás repitiendo reverencias. Cumplido el plazo regresó, Méi kànyáng descansaba en un catre, se le notaba el cansancio, se había dedicado a su obra casi sin parar, pero ya estaba concluida. Con satisfacción y ansiedad por ver la reacción de la joven, tomo un cilindro grande, con ambas manos, y extendiéndolo se la entregó. Este es tu nuevo cuerpo, es muy lindo. Destapó el cilindro e inmediatamente su cuerpo se intercambió con el dibujo del papiro, su piel era blanca como el algodón, ojos grandes de muñeca, rostro en forma de V. Su figura era delgada como una rama de sauce, pies pequeños, cabello negro liso cayendo como una cascada. Despojada de sus ropas, se miró en el espejo y se vio hermosa, con gran felicidad miró a Méi kànyán quien por pudor hacía la vista hacia un lado, a pesar de que conocía cada detalle de ese cuerpo, pues había salido de su mano. Ese día pasearon por el oasis como todos los días, pero al siguiente amanecer la joven no estaba, solo quedaba su carreta. Se había marchado con el buey volador… Méi kànyán entristeció, pero no le extrañaba en el fondo, ahora que la muchacha tenía la belleza que deseaba, se le abrirían puertas donde antes no existían. Los días pasaron en monotona soledad, Pero pocos meses después, la hechicera regresó, furiosa. Sus cabellos volaban como látigos y el humo que la envolvía se había tornado negro.
Hechicera .- ¡Este cuerpo que me hiciste no funciona en los reinos lejanos del sur! !En las tierras de palmeras y cañas de azúcar me llaman escoba con ojos!
Méi kànyán, en calma. Volvió a pintar.
Esta vez su pincel esculpió caderas que ondeaban como samba, glúteos rotundos, cintura de avispa, piel canela que brillaba bajo el sol. Los labios, gruesos y tentadores; el cabello, largo y con ondas sensuales.
Méi kànyáng . – Con este cuerpo, en el trópico serás un huracán
La hechicera rió satisfecha, y se fue. Pero el tiempo no perdona ni al deseo, y semanas más tarde volvió una vez más.
Hechicera .- En los reinos jóvenes del oeste me llaman vulgar [gruñó]. Dicen que soy “demasiado” incluso me han tratado de vulgar! ¡¿Vulgar Yoo?!
Una vez mas, con paciencia, cambió la silueta. Hizo un cuerpo de curvas medidas, busto elevado, pero no excesivo, piernas largas como columnas, piel dorada como la playa al atardecer. Los labios se tornaron carnosos, pero pulidos; el rostro anguloso, con pómulos perfectos. El cabello, brillante y suelto.
Méi kànyáng . – Ten, serás Occidental y Moderna.
La hechicera paseó por ciudades de castillos y vinos caros, y durante un tiempo, todo estuvo bien. Desafortunadamente los caprichos del mundo son infinitos y nadie esta exento, la hechicera volvió, una vez más, con los pies cubiertos de polvo del desierto.
Hechicera .- Allá en las tierras del incienso y los mercados dorados, me miran con desconcierto. ¿Dónde están mis ojos de gacela, mi elegancia velada?
Cada nuevo cuerpo llevaba mas tiempo, y el cansancio en Méi kànyáng se empezaba a notar, pero un nuevo cuerpo se volvió a crear. Esta vez la envolvió en una piel oliva, le regaló una mirada intensa, cejas gruesas y ojos almendrados. La nariz se hizo altiva, los labios definidos, el cuerpo recatado pero lleno de insinuaciones sutiles. El cabello negro se escondía, pero su presencia brillaba como una joya bajo el velo.
Méi kànyáng . – Del Medio Oriente. Misteriosa. Reina entre las sombras.
La hechicera sonrió… pero para ese entonces una verdad tácita se evidenciaba, ella volvería tarde o temprano, porque el cuerpo perfecto nunca es uno. Es todos. Es ninguno. Pero, en el fondo, Méi kànyáng disfrutaba pintarla de nuevo cada vez que volvía, era como descubrirla de nuevo, repasar nuevamente una comisura, una cadera, un hombro, un cuello…
Siete lunas más pasaron, nuevamente el buey blanco apareció en el oasis:
Hechicera.- He estado en las tierras madre. Allí, no basta con ojos o cintura. Allá, se honra la raíz. Y yo parezco una hoja flotando.
Méi Kànyáng cerró los ojos. Por dentro, el amor que nunca dijo comenzaba a sangrar. Y dejó brotar su sinceridad:
Méi kànyáng . – El cuerpo perfecto no existe cuando se busca en los ojos de otros. Y el deseo, como la escama, siempre muda. No hay un cuerpo que se salve de eso.
Hechicera.- Me decepcionas realmente, tienes un gran talento, único, pero no eres capaz de darme un cuerpo que sea bello ante los ojos de todos, enfurecida agregó ¿Acaso es mucho pedir?!
Méi kànyáng . – Lo que digo es que la belleza no está en los cuerpos, hay belleza dentro de todos, pero el tipo de belleza que quieres solo existe en los ojos de quien mira, por eso lo que hace que en unos lados te llamen hermosa, te tributen regalos y te escriban canciones, tambien hace que en otras tierras te ignoren o, peor aún, te marginen.
Hechicera.- No vine para una iluminación filosófica, vine para que usaras tu don de manera correcta, pero entiendo que si los ojos son el problema… tal vez deba quitártelos para que al fin hagas bien este trabajo.
La mujer usando su magia le arrebató los ojos a Méi kànyán, sin que saliera una gota de sangre, solo sombras quedaban debajo de su frente, y sus ojos ahora eran dos esferas, canicas en las manos de la hechicera. Tomo una pequeña urna de cerámica y las colocó dentro.
Hechicera.- Voy a guardar esto para que no se pierda. Quizás ahora, sin esos ojos estorbando, puedas hacerme hermosa de verdad.
Cualquiera hubiese pensado que Méi kànyán gritaría de un agonizante dolor, pero no, era aún peor, el dolor hubiese tenido sentido, solo había frío y extravío. Una vez más volvió a su pincel, tanteando, y buscando en las tinieblas alcanzó el lienzo, para pintar a la hechicera. Nadie sabe qué pinto esa noche, sin faroles y sin velas, pues eran innecesarias, en la oscuridad dejó lista una nueva obra.
El sol salió, por supuesto no lo veía, solo lo sentía en la piel y en el cantar de sus aves del oasis. Quería llorar, pero no podía, solo tenía cascadas de neblina ciega. La voz de la hechicera irrumpió en el aquel vacío:
Méi kànyáng.- Está hecho, esto es…[asiendo otro de los cilindros hacia donde creía que la Hechicera se encontraba] es el concepto mismo de belleza. Cuando lo lleves puesto quien sea que te mire te verá con el máximo de belleza que puedan concebir, su mirada pondrá en ti lo que en realidad está en ellos.
La hechicera, satisfecha, tomó el cilindro y se marchó ansiosa de modelar su nuevo cuerpo, montó su buey y salió volando tan deprisa que se olvidó de devolverle los ojos a Méi kànyáng, llevándoselos consigo. Méi kànyáng continuó sus días en soledad, pintando como podía lo que creía que quizás podía ser una paloma, una rana, un lirio. Al poco tiempo hasta las caravanas dejaron de pasar a abastecerse aterrados por los extraños seres que rondaban el lugar. Extrañaba a esa mujer, le había visto muchos cuerpos hermosos pero la había querido y la hubiera amado envuelta en sus escamas. Siguió llorando cascadas de sombras. En su palafito, aislado, esperaba aún que un día el buey blanco regresara, sin deseo alguno, con la misma esperanza que en el fondo compartimos todos, la esperanza de que donde una historia termina, siempre comience otra.
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Gracias Fernando por otra maravillosa historia. Tu talento mágico me sumerge en esos mundos fantásticos que creas, y que son tan vívidos, coloridos, laberinticos, porque uno ingresa a tus historias, se sumerge y las va recorriendo con placer y sigilo. Un paseo muy grato para todos los sentidos
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FELICITACIONES por este maravilloso cuento. Me encantaría una parte 2 porque me da tanta pena Mei Kangyang… sabía de antemano su destino? Tan generoso y tan traicionado…. gracias x esta maravilla !!!!
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