En Caen solía vigilar la plaza a través de una pequeña ventana situada en el ático de una casa circundante. A excepción de un gran monumento de bronce, un hombre a caballo en el medio de la plaza, y algunos automóviles destruidos en la esquina opuesta, había visión libre para un tiro limpio.
No era como mi hermano, su preferencia siempre fueron las fuerzas de asalto y las armas semiautomáticas, la velocidad y el arrojo, no dudaba en avanzar contra el enemigo, incluso llegando a pelearse a cuchillo o cuerpo a cuerpo. Yo, por otro lado, me sentía cómodo prestando apoyo con mi rifle telescópico.
Un soldado enemigo se asomó entre unos escombros del lado opuesto de la plaza, lo enfoqué con la mira y lo reconocí inmediatamente, era Ezequiel. Se echó cuerpo a tierra para desplegar el bípode de su ametralladora, con la intención suprimir el avance de un grupo nuestro que intentaba asegurar un objetivo. Lamentablemente, la suerte nos había colocado en bandos contrarios y yo tenía que hacer lo que tenía que hacer, logré eliminarlo antes de que pudiese abrir fuego. Me mantuve en silencio, hay bajas que por cortesía no se deben celebrar (si es que alguna debe ser celebrada).
Inmediatamente, otro soldado enemigo corrió hacia el centro de la plaza con la intención de cubrirse en la base del monumento, a este no lo conocía y de igual forma lo eliminé mientras corría. Exclamé fuerte “Dónde ibas tan apurado?”
Dos mas salieron corriendo por el callejón y comenzaron a intercambiar disparos con algunos de los nuestros, en la plaza algo se movió, era otra vez Ezequiel, ahora con un «pazerfaust», lo disparó en mi dirección y la explosión me alcanzo. Tuve que empezar de nuevo desde el fondo del mapa, pero afortunadamente el resto del equipo había capturado la posición faltante ganando la partida. Era la última partida de la noche y el cibercafé ya cerraba así que luego tuvimos que volver a nuestras casas. Cuando se eliminan las consecuencias es fácil ver algo tan horrendo como épico y divertido.
En la calle Belén, entre Avellaneda y Bogotá, había una casa que tenía un naranjo en la puerta donde funcionaba un taller literario, conducido por una señora muy amable que me invitó a participar de forma gratuita. En el taller participaban principalmente gente mayor, mucho mayor que yo. Quizás con sesenta años de diferencia. No era un problema eso para mí, creo que por algún motivo siempre logré comunicarme mejor con gente mayor o menor pero no tanto con mis compañeros. Podría contar varias anécdotas de ese lugar pero lo que a importa en este momento es contarles sobre Adriano.
Adriano era un italiano de alrededor de setenta años, ojos azules y pelo completamente blanco, la mayor parte de los relatos que presentaba estaban situados en la Italia de 1940 y usualmente el protagonista, un joven soldado, seducía en algún momento una bella joven o dos. Viéndolo en retrospectiva era bastante obvio que los cuentos que escribía estaban inspirados en lo que él había vivido, pero en aquel momento no me había dado cuenta.
Ese año se había estrenado una película bélica sobre un francotirador en Stalingrado, y por algún motivo que no recuerdo hice un comentario en voz alta sobre dicho film a lo que Adriano contestó “Si, yo estuve en Stalingrado”. El adolescente que era en ese momento se emocionó mucho y pregunté con una sonrisa en la cara, de forma muy alegre “¡¿Y cómo fué?!”. Hubo un pequeño silencio, muy elocuente, un silencio que secuestró también a los otros miembros del taller que estaban en la mesa. Sin quererlo lo había puesto en una situación incómoda, sus relatos si bien estaban basados en sus vivencias nunca eran cruentos, y ahora tenía que contestar algo sobre lo que no quería hablar.
“Y… a los que eran Alemanes los mataron y a los que no éramos alemanes nos dieron a elegir entre morir o pelear para ellos.”
Sus ojos azules se perdieron por un instante luego de eso, me miraba sin mirarme y con esa mirada ausente me transmitió un sentimiento de cicatriz, de horror que se quiere dejar atrás. De repente esa palabra tan inerte en papel, tan divertida en los videojuegos y tan épica en las películas había recobrado parte de su realidad y me la había transmitido directo al alma.
Las palabras son dinámicas, algunas más que otras, y varían acorde a las vivencias, quizás “mesa”, “pasto” y “árbol” no cambien tanto a lo largo de nuestra vida como “guerra”, “amor”, “muerte” e “hijo”.
Algunas funcionan como un recipiente donde cierto acontecimiento, para el caso una guerra, las llena de un contenido que a través del tiempo se evapora y eso puede resultar peligroso. Cuando estos recipientes van quedando vacíos puede aparecer alguien para llenarlos de algo más, llámese “sentimiento épico”, “gloria”, “patriotismo», “aventura”.
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